Decía mi padre cuando yo era niña: “cómo me gustaría haber sido cantante”, pero mi abuelo le tenía prohibido cantar y aun así, se escapaba a las fiestas del club deportivo de su barrio cuando él era niño. A pesar de querer tanto cumplir con este sueño, mi padre terminó siendo químico en una empresa minera. Sí, bastante alejado de lo que siempre quiso. Pasé también por muchos estados y siempre dudando de lo que de verdad quería y necesitaba para mi vida, pero siendo una adolescente decidí que tenía que seguir mi propio camino, camino que no ha estado desprovisto de trabas y obstáculos que hacen volver a las dudas…

Cuando entré a estudiar música siempre me sentí segura de estar haciendo lo correcto. Es más, estaba muy molesta porque no creía estar preparada para afrontar los contenidos que estaba viendo los primeros años. Claro, si quieres estudiar ingeniería, medicina o leyes, al menos recibes lo básico en el colegio. ¿De artes y música? Hace 25 años no. Y entonces me pregunté: “¿vale la pena el sacrificio?”… Han pasado ya muchos años, crisis vocacionales, vueltas a las dudas y con varios años más encima tengo una confirmación tangible.

Siempre se ha dicho que la música es buena para el alma, que calma el estrés y que tiene muchas propiedades emocionales que son beneficiosas. Sin embargo, se ha comprobado que estas propiedades van más allá de lo emocional. En las últimas décadas, la neurociencia ha dado pasos agigantados en cuanto a verificar lo que pasa en el cerebro de las personas que escuchan música y quienes hacen música. Se ha comprobado a través de tomografías y resonancias magnéticas, en tiempo real, que el cerebro se activa en zonas específicas al leer o realizar operaciones matemáticas. Pero al analizar el cerebro de alguien escuchando música, muchas zonas se activaron simultáneamente, pues se necesita separar los elementos como el ritmo y la melodía para entenderlos y luego volver a juntarlos… y todo este proceso se realiza en segundos. Desde que se escucha la música hasta que nuestros pies siguen el pulso. Imaginen lo que sucedió al estudiar el cerebro de quienes hacen música: todas las zonas del cerebro trabajan al mismo tiempo (especialmente la corteza visual, auditiva y motriz) y a una velocidad asombrosa, además de que, como cualquier otro ejercicio, la práctica disciplinada y estructurada fortalece esas funciones cerebrales y nos permite usar esa fuerza adquirida en otras actividades. Dicho todo esto, ¿cómo pude entonces alguna vez dudar de convertir mi pasión en mi profesión? Claro, socialmente y (por lo que he visto ya con una familia) económicamente no es muy aceptado o “rentable”. Pero ¿no es cierto también que quien trabaja en lo que ama trabaja contento, a gusto y entrega por lejos un mejor servicio a la comunidad? Entonces lo entendí: yo no quiero trabajar para ganar dinero. Ese no es mi motor de vida, es solo la herramienta que me ayuda a seguir impulsando lo que quiero hacer, lo que preciso para hacerlo. Yo quiero hacer de mi vida lo que más amo.

A estas alturas de mi vida, mis pretensiones han cambiado; mis metas han cambiado; mis anhelos han cambiado; pero la pasión por lo que hago, el ver a mis hijos crecer en forma íntegra, como yo quise aprender siempre, el ver a mis niños del coro convertir lo que les enseño en algo importante para sus vidas, el sentir al público aplaudir los logros que han alcanzado, me da el impulso para decir: “¡wow!, en realidad no estaba tan equivocada”.

 

                                                           Francisca Bustos Perines

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